Es sábado y son las 2:45 de la tarde. Para ser febrero hace calor, pero ya se sabe: en Hermosillo sólo hay una certidumbre, el calor. Llego al Cinepolis Encinas y pido un boleto para You will meet a dark tall stranger. La última película de Woody Allen (y que se estrenó mundialmente hace un año). La cajera(?) me da el boleto y me dice que ya está por empezar. Entrego el boleto al muchacho que se ve ridículo en el uniforme. En la sala 9, al final a la derecha. Sé contar, pienso.
Entro a la sala, y ya están los avances. Me siento mientras en la pantalla salen los comerciales esos que van en contra de la piratería. Mal hechos, simplistas y repetitivos. Tal vez si los cines ofrecieran una mejor cartelera, la gente no se vería en la necesidad de...no termino el pensamiento, es pueril. E ilegal.
Volteo y sólo habemos 5 personas en la sala. Es el horario me digo. Nadie en su sano juicio viene al cine a la hora de comer. Empieza la película. Allen da rienda suelta a su pesimismo. No es su mejor película pero como decía Carlos Boyero: "la peor película de Woody es mejor que el 90% de lo que hay en cartelera".
35 minutos de metraje bastan para que dos personas-una pareja- se salgan. 67 minutos. Las otras dos personas también se van. Estoy solo en la sala. Solo, viendo una película de Allen. Me pongo a fumar. Qué más da, son capaces de sacarme por no ser "sustentable".
Y los vampiros brillarán
Son las 3:25. Creo que preferiría estar contando los pelos de mi perro que estar haciendo esta fila. No hay nada peor que esperar. Bueno, miento, lo peor es esperar para ver Twilight rodeado de pubertas(os) y mujeres que se les olvido que el despertar de sus hormonas ya pasó hace rato. El cine está atestado.
La función empieza a las 3:40 y la gente(?) empieza a perder la paciencia. Dos mujeres-les calculo unos 20 años- atrás de mi platican acerca de lo guapo que es Edward Cullen. El murmullo se generaliza. "Queremos entrar" suena a unísono. Voy con mi primita de 12 años. Qué hacer, lo que vende, vende.
Días antes, en la premiere de la película hubo una especie de disturbio porque no llego la cinta a tiempo. Me preocupo de que pase lo mismo. Sin embargo, en ese preciso momento, dejan pasar a la gente. Otro grito generalizado, esta vez de alegría, como un orgasmo contenido por mucho tiempo-30 minutos, más o menos-.
La sala está llena. Al final de la película- la desmitificación del mito vampírico más asquerosa que he podido ver- se oyen tenuemente unos aplausos. Yo, la verdad, creo que morí y estoy en el mismo infierno.
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Con estas dos minicrónicas no quiero imponer mis gustos en el cine(o arte) sobre el de los demás, sería una estupidez de mi parte. Lo que quiero contrastar es el impacto que tienen los medios masivos en el público a la hora de elegir que producto artístico consumir. Sí, no podemos encasillar al cine como arte porque es también entretenimiento, pero la gente basa sus decisiones por lo que es más recurrente.
El consumo de arte en Hermosillo está horriblemente polarizado. Y aquí hay que preguntarse-y no es retórica- ¿La oferta cultural en Hermosillo es tan pobre y limitada o, sólo se adapta a lo que los hermosillenses quieren?
Es como la del huevo y la gallina.